Nuestros amigos Miriam y Jérôme se aproximan cada vez más a su destino final, recorriendo en estos días del tramo Sant Pol de Mar – Valencia, en el que pudieron disfrutar del buen tiempo, la familia y la gastronomía de la zona.

El miércoles 20 amaneció con un solazo fuera de lo común. Hicimos un poco de limpieza general de las herramientas del viaje y nos preparamos para una calçotada, calentando motores en la barbacoa con una Moritz en mano. Mi prima Sonia y su marido subieron a  casa de los tíos para pasar el día en familia, junto a su madre. Pasado el día entre risas y casi de veraneo, terminamos como se debía: viendo un partido del Barça con un bocata en pan de coca. El jueves regresamos hacia la costa para disfrutar un poco del sol y el mar. La bajada por la nacional II te da unas vistas preciosas pero mucho tráfico. Llegamos a Sant Pol de Mar y esperamos a Pep – nuestro CS de esa noche – en la biblioteca pública hasta que regresase a casa del trabajo. Nos sucedió una cosa muy curiosa que ya habíamos vivido pero no con esa intensidad. La gente que encontramos por el camino, en plena calle, nos preguntan de dónde venimos, hacia dónde vamos, porqué hacemos este viaje, y siempre con una gran sonrisa y los ojos como platos cuando escuchan las respuestas. Pero en este caso fue un grupo de niños que querían inflar sus bicis y nos pidieron la bomba. Cuando bajé para prestársela, no sé de dónde aparecieron 10 más y me rodearon, tiroteándome a preguntas. Fue muy gracioso ver sus reacciones – en ciertas ocasiones tomando lo que oían con mucha naturalidad – y su interés por una forma de viajar que te enseña tanto y a la vez te hace disfrutar. Quizás más de uno empujé a pedalear a papá y mamá este verano.

sant pol de mar

La cena junto a Pep y Nuria fue muy divertida. Deportistas de los que de verdad aman sudar, superarse y vivir aventuras, nos contaron historias increíbles sobre sus viajes en bici por distintos lugares del mundo. Una fuente de inspiración y energía. Les agradecemos enormemente sus consejos y la calurosa acogida. El viernes nos esperaba Barcelona. La primera parte del viaje – unos 30 km – rodamos sobre la misma nacional que el día anterior. La segunda parte – desde Premiá de mar – tiene ya terminado el paseo marítimo que llega hasta Barna. Nos quedaríamos por Badalona, donde el primo de mi padre nos acogería en casa junto a su familia. Comimos en La mare del tano – sus famosas patatas y dos cervezas artesanales catalanas Cerdos Voladores y === – nos echamos la siesta en un parque y nos fuimos a hacer tiempo a la biblioteca hasta que Marc, su mujer Sandra y el pequeño Nil llegasen a casa.

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El sábado bajamos todos juntos a desayunar a una de las pastelerías más buenas que recuerdo haber probado nunca. Todo artesanal, que cuida el comercio justo y con una atención por parte del personal que te invita a volver. Un gran descubrimiento. Paseo por la ciudad de origen de “Anís del Mono” y comida a mediodía en familia. Unas patatas ali-oli, unas bravas, un arroz negro con ali-oli y pulpo con papas y ¿a que no lo descubrís? Si, ¡ali-oli!. Descubrimos que es cierto, el ali-oli pega con todo y aquí le sacan partido. Para terminar, como no podía ser de otra manera, una crema catalana.

El domingo nos lanzamos a redescubrir Barcelona. Y empleo este término porque los dos la conocíamos pero no en bicicleta. Ver una ciudad en bicicleta te ofrece una imagen de esta completamente diferente de cómo la percibes a pie – puedes ver menos cosas – en coche – terminas desistiendo por el tráfico y el quebradero de cabeza que es buscar aparcamiento – y ya no te decimos en metro – donde conocerás todo el subterráneo y los monumentos famosos, pero te perderás el encanto de la ciudad, de los barrios, de un descubrimiento inesperado. Nos decepcionó el parque Güell, y no fue culpa de su más que reconocido encanto, sino porque han puesto en alquiler a 8€ por cabeza una parte de la obra de Gaudí. Un acto en contra de la cultura, donde sólo quien tiene dinero puede disfrutar del arte. La Sagrada Familia y el barrio gótico, dos imprescindibles de la ciudad condal.

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El lunes fue caótico. Una búsqueda incesante de medios de transporte que nos ahorrasen los kilómetros que no nos da tiempo a hacer ya que en marzo tenemos que estar en Cáceres. Renfe, si no es un tren media distancia o un regional, te hace liar la de dios para subir la bici en sus trenes. Tienes que pagar 10€ por bici, desmontarla, meterla en una caja – con unas medidas fijas algo escuetas si tu bici es grande – y hacer transbordo en Madrid si quieres viajar desde el norte hasta el sur del país. Ya no te digo nada si quieres ir hasta Granada, porque te hacen además volver a hacer transbordo para coger un autobús en Antequera hasta la ciudad de la Alhambra. A nuestro parecer, precios caros para la cantidad de complicaciones que supone.

En el autobús con la compañía Alsa todo está mucho más claro y te da una solución algo mejor, aunque la cantidad de horas en el bus – sales a las 7 a.m. y llegas a las 22 p.m. -, el tener que facturar parte de tus alforjas – permiten 2 bultos por persona y todo lo demás facturado con un precio por peso nada económico – y que los conductores, algunos sin idea del reglamento sobre transporte de bicicletas en autobús (ese mismo día Jérôme bajó a preguntarle a un conductor de esta misma compañía y le aseguró que sólo podía viajar una bici por autobús) , pueden poner impedimentos a la hora de montar tus bicicletas embaladas, no invita a tomar esta opción. Lo positivo es que en este caso no hace falta caja, un rollo de film transparente y la rueda de delante desmontada y pegada al cuadro es suficiente. Por último, te quedaría Blablacar si tienes la suerte de que alguien viaje con vehículo grande o furgoneta. Prueba, hay veces que funciona

Al final nos decidimos por un regional exprés hasta Valencia. Montamos las bicis en la parte trasera del último vagón y solucionado. Así es como funciona en muchos otros países con trenes de todo tipo – media y larga distancia, trenes de alta velocidad -, incluso algunos con lugares diseñados pensando además en la seguridad de la bici, y así poder moverse por todo el territorio, dando la oportunidad al cicloturista de rodar aquello que realmente le mola.

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Dos días en Valencia, una ciudad algo caótica para moverte en bici – incluso más que ciudad de tamaño y tráfico mayor – pero con carril bici en muchas partes del centro y con un paseo verde a lo largo del antiguo cauce del río Turia que facilita un poco el transporte, dando un soplo de aire fresco en medio del vaivén de los coches. La zona antigua, la ciudad de las artes y las ciencias, la playa de la malva-rosa y el Parque Natural de la Albufera, todos accesibles en bicicleta. Para este último deberás reservar al menos un día, pudiendo comer dentro del mismo gracias a las zonas de pic-nic. Nos alojamos en un hostal cerca del centro, muy económico y limpio por 20€ la noche – cama de matrimonio, baño compartido y acceso a cocina incluido, y un curso de maestro paellero que se atrevió a ofrecernos el dueño. Mucho mejor que cualquier 5 estrellas, ¿es o no?.

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